Poblado de lo que son sus realidades, sus sueños y obsesiones, la obra de Javier Tercero evidencia la voluntad de expresar a través del símbolo, el collage y la alegoría, su forma de ver el mundo, y es este modo de expresión lo que refleja el carácter múltiple de su propio mundo interior.

Su trabajo, ecléctico, no solo en su producción, también en su discurso transcurre por los caminos de la diversidad y se constituye en crónica de su tiempo.


Texto extraído de la introducción a la exposición “Hombre”, escrita por el catedrático Jesús Barrajón
La pintura de Javier Tercero está poblada de lo que son sus realidades, sus sueños y obsesiones. Superada la época inicial en que se formaba en los Talleres de pintura de la Casa de la Cultura de Valdepeñas, su obra posterior evidencia la voluntad de expresar a traves del símbolo, el collage y la alegoría lo que es su modo de ver las cosas. Uniendo sin miedo tradiciones diversas y valiéndose con frecuencia de técnicas mixtas, sus cuadros reflejan el carácter múltiple de su mundo interior y exterior: objetos, cuerpos y rostros, los unos junto a los otros, ajenos y a la vez inseparables. Creo que de esta manera Javier Tercero acierta no solo a hablar de sí y de aquello que lo rodea, sino tambien del universo que habita y del que parece sentirse, a un tiempo, participe y desterrado. El carácter testimonial de su obra es indudable: alguien mira desde la cercanía y la distancia la vorágine contradictoria de  este mundo. Al lado de esta crónica de su tiempo, sus lienzos retratan el carácter personalísimo de su obra y su empeño por ser expresión de un sentimiento y una reflexión individual. Es, en definitiva, una pintura que emociona por la fuerza formal de su expresión no realista y por el caracter irrracionalista y complejo del universo que nombra.

Texto extraído de la crítica realizada por  Xoxe Lois Gutiérrez Faílde para el MACUF (Museo de Arte Contemporáneo de Unión Fenosa) con motivo de la Adquisición de obra (Diana II) realizada en el Certamen “Arte y Energía VI”  UNION FENOSA. (Texto íntegro al final de la página)

Como en las obras de Verbis o Xavier Grau, ambas integradas en esta misma colección,  Javier Tercero interpela con este trabajo al sentido original de cierta naturaleza de la pintura contemporánea: la extraña y poderosa desviación del lenguaje tradicional de la pintura por los artefactos modificadores de la catacresis: los emblemas  los signos, los procedimientos y los recursos de la ironía.


Texto  extraído de la introducción a la exposición “Universo Interior”, escrita por el poeta valdepeñero Joaquín Brotons, posteriormente publicada en Diario Lanza 10/02/07. 
El universo interno de Javier Tercero está poblado por extrañas ramas que  brotan de su creación y trepan por las agrietadas e inaccesibles murallas de piedra-algodón del castillo de sus sueños y alucinaciones que, sólo él, como verdadero artista que es, convierte en obras únicas e irrepetibles, como lo demuestra en esta espléndida y original exposición, en la que compara la existencia humana con la de las plantas ,desde el útero materno al regreso mortal a la tierra ,en la que se hunden las raíces de sus ramas, que son también las nuestras.


Texto  extraído de la introducción a la exposición “PTH-Paraíso Temporalmente Habitable”, escrita por José Agustín Blanco Redondo
 
Abuelo, ¿tú conociste los árboles? Me quedo en silencio, con la mirada de mi nieto pendiente de mis labios. Unos labios que no son capaces de responderle. Los recuerdos son ya demasiado lejanos, pero siento que todavía se agarran al corazón, que aún son capaces de lastimarme: el huerto de mi padre –con los almendros y aquel nogal que sombreaba la noria-, sus manos tenaces empeñadas en la poda de los olivos tras los últimos hielos del invierno, las encinas y coscojas del cerro de la ermita... Acaricio su pelo ensortijado, le cojo de la mano y ascendemos al nivel diecisiete de esta ciudad subterránea, la planta que alberga mi modesto taller. Allí, entre antiguos lienzos de algodón, pintura acrílica, tinta y carboncillo, me he afanado durante meses en plasmar todo lo que dormitaba en mi memoria. Y es en la oscuridad de esta sala donde he intentado recrear los troncos atormentados, las ramas y los brotes de aquellos tesoros ya extintos que llamábamos árboles y que medraban en un paraíso que, hace demasiado tiempo y bajo el claror de un aire ahora irrespirable, tuve la suerte de conocer...     



Otras críticas en documento gráfico


 







Texto íntegro de "La tarea de los hombres" por X. Lois Gutiérrez Faílde
 

¿Quién me coloca? ¿él o yo?

 

JACQUES LACAN

Tráigame a su bebé. Firmaré en él y lo convertiré en obra de arte.

ANDREW WARHOLA

Casi tan viejo como la propia historia, el Arte, como la muerte o el modo de dormir;

procede de una naturaleza fundante que fuera de toda racionalidad teleológica mantiene

nuestro vértigo ante el mundo forjando espacios de una frugal coherencia simbólica. Pequeños

paraísos. Espacios que habitamos en el rigor de un rewind cosmogónico del que -más que

temer- nos alimentamos; escudriñando siempre una inefable respuesta mítica. Esta búsqueda

de la añorada gratia que Dios concedió, allá, por el principio del Tiempo y que por la boca del

hombre volvimos a perder sin remedio; es compartida –no por azar- por el arte y también por el

escurridizo ejercicio de la vida. Acechar sin tocar al
arbor vitae y sucumbir sin poseer al Otro, el

del conocimiento; son acontecimientos que celebran en la performatividad del arte y en la

espuria reflexión sobre la vida una misma experiencia: el descubrimiento de la finitud bajo el

delito de la semejanza, o mejor, bajo la ruptura de ese vínculo entre imagen y semejanza: la

santísima diferencia. Por mucho que uno intente rehuir a esta letanía veterotestamentaria de

alteridades magreadas, tantear esa «sombra secreta» (Jorge Guillén) del Arbol de la Vida

constituyó y quizás constituya ahora, no sin cierta magia, una parte del enigma del arte, ese

leve crepitar de alas de ángel caído que sentimos al tantear nuestras representaciones estéticas.

Bien como celebración de nuestra galopante obscenidad o como encantamiento de

nuestros deslumbrados sueños de libertad iluminista, cualquier hombre que hoy mantenga

como vínculo con el mundo la práctica artística, arriesga una parte de esa incalculable

«ontología oscura» (G. Anders) por la misma definición ilusionista (o no) del trazo. «Pintar es

destruir lo precedente», afirmaba K. Appel en un gesto que confirma el territorio de nuestras

representaciones, esa dúctil espacialidad que en la configuración de su entidad autónoma se

hace depositaria de un remiendo de metafísica(s) de la presencia; meciendo nuestra necesidad

de integración gnómica en un tacatá referencial, -«avant, toujours avant!» decía el niño

Rimbaud- en esa infinita enunciación de su propia materialidad hasta que su misma y temible

suspensión separe a las cosas de nosotros hecha Arte, design, auto-ayuda o pura basura. Sin

embargo, esa tosca convencionalidad sanciona y reproduce en el arte un sortilegio cercano;

cierta «magia de contacto» prenihilista (P. Sloterdijk). Ya que si el tránsito simbólico entre

imagen y referencia se hace lost way, siempre tenemos a mano nuestras imágenes para

ofrecer paradigmas de disposición (formal y estratégica). Y lo mejor de todo: no habrá límite

alcanzable en su interminable extinción como medio, si no que (auto)protegido su sentido como

disciplina subversiva e incontrolable, escaparemos (nosotros y nuestras creaciones) de cualquier categorización
 
(psicopolítica, ideológica o económica) incluso de toda estigma cultural,
salvando así la vida.

¿Qué profetas habrían soñado tal caudal de encarnación, manejado a gusto por

nuestros artistas? Todos ellos han aprendido a aceptar religiosamente el rumor inacabable de

la perseverancia del pecado original en otra versión diferente al resto de los mortales. Su tarea

será o no la de los hombres, pero a ellos les debemos el mantenimiento aneutral de nuestra

necesidad de explicación de la vida, no longer de sus fines. El Paraíso sólo sobrevive a su

creación, se mantiene único representado. Y precisamente en ese Paraíso Temporalmente

Habitable (PTH) en esa molaridad distópica que precisa de una teoría de sombras y de una

práctica de ruinas, es donde Javier Tercero ha decidido instalarse con visos a re-crear,

conscientemente, este estilo endémico y endógeno con el que los hombres cumplimos

nuestras tareas –pendientes siempre- con lo trascendente de la manera más humana posible,

o lo que es lo mismo, aceptado su imposibilidad. Así es el Arte, su Arte.

Tal y como exige la inminencia del hacer artístico, Javier Tercero, invoca a ese afuera

sin centro (PTH) donde el acto de argüir la coartada de la diferencia dentro de la propia

diferencia (ese stimmung heurístico de la creación) pueda permitir aquella quebradiza

restitución del paraíso, o por lo menos, reinstaurar su nostalgia como rastro de la memoria del

árbol seminal, de la primera fuente de Tiempo y lenguaje, de la inercial emergencia del límite.

Podría pensarse que así incurre (como también parece suceder en la obra de muchos otros

artistas de esta arboleda perdida) en el fomento una retórica vana de la ceniza bajo ciertos

criterios arqueológicos (exhumación-patrón) acabando por quemar el dichoso árbol. Pero no:

sólo así se hace posible la reconfortante tensión patológica entre el milagro de la semejanza (el

objeto artístico) y la necesidad de la similitud (el ejercicio del arte como tarea taumatúrgica

auténtica); entre las cosas y sus usos. Aún así, la contigencia de reanimar las cosas tout court

no hace viables en la obra de Javier Tercero ni tropos, ni conceptos, ni sistemas. Su tarea,

como la tarea de los otros hombres arrumbados a esa parte de las murallas de Argos (ese

arrabaldo extra-ordinario de la ciudad prometida platónica) no pretende más que un «lugar de

vida trascendente» en la catacresis de todo aquello que flote entre el cielo y la tierra. Colgar a

secar de las ramas del Árboles de la Vida un cuadro recién pintado. Sacar de las ramas una

fotocopia de la viva imagen de una Naturaleza extraviadamente razonable. Fundar por las

ramas la materialidad filogenética del pensamiento occidental. Y esta ramificada-ramificante

performance sin potencia compone en su liturgia de parábasis la misma objetivación del arte.

Allí parecen habitar estas obras de Javier. En ese territorio sin rizoma: en donde todo lo es en

tanto no deja de serlo (Castro & Ossorno)

Esta localidad del homo artisticus aparece delimitada en el origen de toda poesía, en el

punctum de toda mitología, y como bien sabe Javier Tercero, en la posibilidad de forjar un

argumento íntimo sobre todo aquello que queremos decir bajo la interrupción de la reflexividad

de toda narración, o mejor dicho, de la determinación más que dramática, circunstanciada; de

nuestros trampantojos míticos: el pecado original, la destrucción del sujeto, la obra maestra, el

hambre, el capitalismo de ficción, la polis, la locura o la democracia. Paraísos Artificiales que el

arte ha sostenido, paradójicamente, con el aparato de toda religión, en todo proyecto de

identidad ontopolítica, bajo toda maquinaria económica sin necesitar apenas de ojos

extrañados para amortizar la clausura moderna de un mundo sin Dios, sin lo semenjante y lo

que es peor, sin imagénes. Estas obras intentan rodearlos en una nueva promesa del Afuera,

donde aún queda una suerte de cobijo para la vida, una suerte de estancia que formula el

paisaje de nuestras –particulares y pálidas- climatologías interiores. Realizan así nuestra

realidad, la ramifican, la conjuran entre la evolución gráfica de la palingenesis eucariótica de

Andrew H. Knoll y «folie de Almayer» de Magritte, entre esos arbustos hieráticos y terribles del

arte asirio y los laberínticos anagramas cabalísticos.

Decía Bergamín que nuestro único pecado en el paraíso (¡el lugar de los árboles!) fue

pretender estar más allá de las cosas para que las cosas sean “de verdad”. Insisto, ¿no es éste

el espacio del arte? ¿No es el arte una suerte de ensalmo no admonitorio que cumple con su

creación de mundus para los hombres? Jorge Oteiza, artista-kortatu y casi único superviviente

de la teomaquia posmoderna; creía que «la oración era una extensión espacial ocupada por

referencias expresivas para un hombre culturalmente incompleto». Recordemos como Oteiza

tramaba un Arte como sustituto de la religión (y de sus procedimientos: oración = creación) y al

igual que George Santayana, confiaba en una imaginación que anticipase, corrigiese y llegase

hasta a concluir el propio entendimiento. Un teológo encontraría allí la revelación, un filósofo, la

razón; pero un artista se conformaría allí con «reducir el espacio a la esperanza de ser

reconocido y aceptado en tanto respuesta a su idea» (Castro & Ossorno, again), es decir, se

arrimaría a una buena sombra entre la Luz de la revelación del primero y las Luces de la razón

del segundo. O dicho de otro modo (y al borde de estas obras de Javier Tercero): un artista

ramificaría el arte con la vida, aceptaría el desprendimiento del ojo al margen de nosotros, bajo

la soberanía panúrgica de las copas de las árboles nocturnos de nuestra tradición cultural, un

poco más allá de la nostalgia de su raíz primera.

[Bajo los árboles de Sacardebois-Sárria-A Seara, verano de 2006]